domingo, 21 de mayo de 2017

Radiohead: OK Computer


Año de publicación: 1997
Valoración: imprescindible

20 años atrás. Gracias por hacer que coincidiera con un domingo. En lo personal, andaba yo por entonces encaramado a una escalera pintando y empapelando la habitación de mi hija mayor, que iba a nacer en unos meses. No hacía un calor excesivo, así que recuerdo la cosa con cariño: ese reconfortante olor de pintura que representa una sensación de novedad que será proustiana. Como el olor de los coches nuevos. Y este disco, puesto a toda castaña.
Cómo nos gusta a los humanos ser los primeros en lo que sea. En reivindicar el descubrimiento de las cosas. No seáis mal pensados. Con este disco, no lo fui en absoluto. De hecho, mi única referencia de Radiohead, ahí junto a los Pulp empaquetados en la cosa del britpop, era Creep, canción que me parecía algo facilona, un himno post-adolescente concebido bajo receta. Había oído algo acerca del revuelo con The Bends pero yo andaba entonces muy liado con los sonidos electrónicos puros. El sello Warp, esas cosas.
Entonces sucedió que me hice con Help, un recopilatorio donde diversos artistas de relumbrón (la escena musical inglesa tenía entonces decenas de ellos) aportaban canciones para una buena causa: los refugiados de la guerra de Bosnia. Y ahí estaba Lucky, que no solamente era un adelanto del disco sino de todo el nuevo sonido de la banda. La voz de Thom Yorke ya hería en profundidad, las guitarras tejidas ya alcanzaban tonalidades épicas. Pero, por encima de todo brillaba lo que estaba por debajo de todo. La banda, influida por la escena electrónica, empezaba a incorporar texturas y detalles de producción (distorsión, ruiditos, profuso uso de pedales de efectos, teclados de todo tipo) que no eran (como en otros grupos) elementos decorativos encaminados a actualizar el sonido. Aquí hablamos de incorporarlos como partes fundamentales de las canciones, como un instrumento más, como partes indisociables.
Para que nos entendamos. Sabéis de esas mierdas de músicas que ponen de fondo en programas como los de, ugh, Bertín Osborne. Adaptaciones blandengues de temas con tiempos congelados, arreglos acústicos y vocecillas susurrantes (preferentemente femeninas). Pues hacer eso con una canción de Ok Computer sería vulgarizarla y despojarla de su esencia. Radiohead tuvieron en cuenta por igual melodías y arreglos, pero se encargaron de que eso funcionara como una retroalimentación. (Voy a ganarme algún enemigo.) Tanto, que se convirtieron muchas de ellas en la clase de himnos que la gente canta al unísono en los conciertos, con el nefasto efecto de eclipsar la experiencia interpretativa. Por favor: ya sabemos que os sabéis al dedillo la letra y la inflexión. Que muchos de vosotros estáis amortizando el Erasmus. Pero dejad a Thom cantar. Radiohead no son U2 ni son Coldplay. Cojones.
Claro que la cuestión de cómo suena el disco es importante. The Bends todavía parecía influido por el sonido grunge y estos chicos eran ingleses y ya habían mamado Aphex Twin, Autechre, Black Dog, tanto como Bowie o Scott Walker. El cambio de sonido se manifiesta bien pronto. O el glorioso riff con que arranca Airbag no se infecta, antes del segundo verso, de toda clase de efectos (incluida la guitarra morriconiana en segundo plano) que la convierten en una suerte de representación de lo que está por venir. No creo (yo, y parece que mucha gente: el disco lleva asentado desde su publicación como uno de los mejores de toda la historia en unas cuantas decenas de miles de listas en todo el globo) que haya muchos discos que empiecen con el cuarteto de canciones que abre OK Computer. De hecho, diría bastante convencido que, en esos veinte años, la totalidad del panorama musical ha sido incapaz de acercarse a la gloria creativa y conceptual de esa obra maestra que es Paranoid Android, más de seis minutos de parones, arranques, órganos solemnes, coros, y lo que haga falta. Cuando el disco se publicó, muchos definían a esta canción como el Bohemian Rhapsody del grupo. Ya sabéis, en un mundo necesitado de hits radiables de a lo sumo cuatro minutos y con una estructura reconocible, el single marciano de seis minutos. Destinada a convertirse en la canción emblema de la banda, aunque muchas de sus potenciales competidoras están en este disco. Un disco al que rindo homenaje por la obvia cuestión de la efemérides, aún teniendo en cuenta que mi opinión es compartida por mucha gente (más de un snob opina que demasiada). Entonces puede que esté de más mencionar la intensidad sonora de esa balada de fin de milenio llamada Exit music (for a film) o el excelso tejido de guitarras que da sustento a Subterranean Homesick Alien... para darme cuenta que ni tan siquiera he mencionado dos iconos como Karma Police o ese extraño pero fascinante amago de canción de cuna llamado No surprises.
En fin, partiendo de la base de que esta reseña solo puede corroborar el clamor global (y partiendo de la base de que esa unanimidad puede generar rechazos inesperados), añadir que la gira de presentación del disco dio lugar a un muy brillante documental titulado Meeting people is easy, que la  carrera del grupo desde entonces solo ha hecho que agrandar su mito, apostando de forma decidida por la experimentación, nutriéndose de los réditos ilimitados que este extraordinario disco les procuró, cuestión que a veces les ha sido echada en cara. El mundo lleva dos décadas esperando un OK Computer 2 y creo que el máximo objetivo de Radiohead es no entregar nunca un disco que pretenda alcanzar esa altura. 

domingo, 14 de mayo de 2017

Supertramp: Even in the quietest moments...

Año de publicación: 1977
Valoración: muy recomendable

Al que me hubiera dicho hace años que yo iba a hablar muy bien de este disco lo hubiera mandado a freír monas. Pero, ay, Proust también actúa sobre el oído, y este disco puede que fuera el primero al que me enfrenté por pura curiosidad, sin tener ni idea de cómo sonaría y sin haber tenido ninguna experiencia previa oyendo canciones en la radio o como quiera que se hiciera por aquella época.
Porque 1977 era el año de la explosión punk y los guitarrazos nerviosos y los ritmos acelerados y el no future y la agresividad sonora como demostración no solo de inmediatez y falta de pretensiones sino de manifiesta aversión contra quien tuviera esas pretensiones.
Y van Supertramp y se presentan con las siguientes credenciales: portada "artística", temas larguísimos (el más largo declarando su importancia en el disco desde el texto de la partitura en la portada), cierto aire místico en las letras y un título hablando de los momentos más tranquilos. Y ni siquiera, a pesar de sus pintas hippies, eran respetados por esa santísima trilogía (Yes, Genesis, EL&P) del rock sinfónico, que seguramente encontraba su sonido demasiado comercial, sus canciones demasiado inmediatas, despojadas del virtuosismo experimental de unos Pink Floyd, con una imagen relativamente sana. Supertramp estaban ahí, vilipendiados por una crítica que no podía tomar en serio a un grupo con sus cifras de ventas, ignorados por sus enemigos naturales y hasta por sus amigos que no comprendían sus devaneos con los arreglos jazzísticos, por su condición de música dirigida a un público maduro. 
Este disco vendió millones, claro. Sus dos singles más claros (las dos canciones más cortas, más radiables) son de sobras conocidos. Give a little bit, arranque inconfundible en el rasgueo de la guitarra e irrupción de esa voz, la de Roger Hodgson, ligeramente irritante, como una especie de falsetto algo feminizado (como si Jon Anderson, cantante de Yes, tuviera un chorro de voz). Babaji, más cercana al sonido clásico del grupo basado en los teclados, especialmente en el piano eléctrico, con un tono algo místico (cuestión que seguro que no les ayudó). Aquí se acompañaron de experimentos más alejados del pop, más personales y que constituyen un material muy valioso: Loverboy, experimento cercano al blues en su ritmo marcial, tras el cual uno podría (no negaré que con cierta imaginación) especular cómo afectaron el sonido de bandas en el polo opuesto como Tears for Fears, o From now on, resplandeciente con sus influencias jazzies. Y claro, Fool's overture, intento irregular de opus a la Pink Floyd, ampulosa y excesiva en sus vaivenes, pero emblema de un disco que, en cuanto a producción y sonido ha envejecido la mar de bien.
Mejor que los miembros del grupo, por cierto. Disuelta la banda, los dos miembros principales, que solían firmar en solitario las canciones que aportaban al grupo, andan enzarzados en rifirrafes constantes sobre su obra, cosa que ha complicado, por ejemplo, el obtener accesos decentes a la totalidad de las canciones del disco. Una lástima. Las puntuales reivindicaciones de su obra quedan ensombrecidas: uno preferiría pensar que por la cuestión de los egos artísticos, pero supongo que el dinero también tiene que ver.

domingo, 7 de mayo de 2017

La gran estafa del pop

Tu cara no me suena
Recojo el guante que me lanza Montuenga desde el Facebook de UnLibroAlDia y me pronuncio sobre los programas televisivos dedicados a la búsqueda de nuevos talentos musicales. Se llamen Operación Triunfo, Got talent, Lluvia de estrellas, o Qué guapa es mi hija la mediana. Y mi pronunciamiento es inapelable. Todos ellos me parecen nauseabundos. No tienen un solo minuto que merezca salvarse de la quema. Y aún queda más. Son, con mucho, lo peor que le ha podido pasar a la música en la historia. Peor que prohibiciones o señalamiento de géneros. Peor que guerras entre mods y rockers, entre tecnos y heavies, entre Costa Este y Costa Oeste.
Porque estos programas son la muestra más fehaciente de la guerra que la industria musical le ha declarado a la creatividad. A esa creatividad que implica ruptura e implica riesgo y por lo tanto reniega de estabilidad y de rutina. Eso quiere la industria musical, comercializar productos de consumo rápido, obsolescencia programada e inmediata reposición, con el mínimo coste y la mínima inversión. Si analizamos uno de estos programas todo confluye. Presencia de viejas glorias con el objetivo de reanimar sus carreras a base de aportarles visibilidad. Uso intensivo del catálogo de clásicos de la música comercial con el pretexto de que sólo es reconocible la performance por comparación con las versiones originales. Ajuste de los candidatos a media docena de perfiles perfectamente reconocibles para los standard de cada zona de acción. Se trata de garantizar artistas de repuesto para aquellos anteriores que languidecen una vez el público se ha hartado de ellos. En el caso de los programas emitidos en España, un panorama aún más descorazonador. A los émulos de cantante pasada de peso pero con potente registro vocal siempre al borde de la nota alargada artificialmente se unen los consabidos artistas raciales relacionados con el mundillo flamenco (un curioso énfasis), el clásico cantautor de guitarra acústica y pose afectada, el cantante melódico de aspecto maduro que valdría para algún género lírico, ligero o no, la lolita de turno que quiere demostrar que no hace falta acostarse con los productores para progresar en lo del pop, el rapero desorientado al que le han regalado, para acudir a la tele, el primer chándal que no parece haber sido robado de una caja descuidada en un mercadillo de extrarradio (y que acaba de sostener una discusión, cuya decisión final ha acatado rápidamente, sobre la conveniencia del peinado con el que se proponía salir en pantalla). Incluso el espantoso heavy melena al viento que ha pasado de asustar jubilados en la esquina de algún suburbio a provocar que adolescentes aborregados agiten el teléfono móvil en modo linterna al ritmo de alguna balada sonrojantemente azucarada. Un espeluznante panorama de estereotipos al servicio, recordad, de la apuesta segura, de la inversión sin riesgo, del plan renove de la estructura dispuesta a vender una y otra vez el mismo proyecto con diferente envoltorio, de esa música funcional de la que ya no se espera que aporte nada a la vida de quien la oye, más que emociones prediseñadas, conformismo y un sentido de la uniformidad que abate de forma definitiva aquello que echaremos de menos, espero, algún día: lo de la música que hemos escuchado como una especie de biografía intransferible e individual. 
Y añadiría lo que pienso cuando los involucrados son niños. Pero tengo miedo de la policía.

domingo, 30 de abril de 2017

Magazine: The correct use of soap


Año de publicación: 1980

Valoración: imprescindible

Cuando este, tercer LP de Magazine se publicó, el cachondeo era casi generalizado. Sus primeros dos discos habían vendido apenas unas centenas de copias en España y el grupo contaba con una aparición delirante en Aplauso, uno de esos programas de sábado por la tarde que ahora casi echamos de menos, donde se mezclaba todo tipo de tendencias musicales y se presentaban bajo una extraña apariencia kitsch que ahora nos resulta entrañable.
Magazine grababan para Virgin Records, sello que había sido lanzado a la fama y al éxito comercial con el ubicuo Tubular Bells de Mike Olfield. Sello que había conectado con el primer oleaje del post-punk y se estaba dando un atracón (en el resto del mundo) de presentar nuevas futuras figuras del influyente panorama de la época: The Human League, Simple Minds, Orchestral Manoeuvres in the Dark, Japan, Devo. A la postre, muchos de estos grupos acabarían teniendo carreras irregulares, al amparo de grandes éxitos que propiciarían suaves decadencias. Pero Magazine ni eso. Magazine fueron adelantados a muchos movimientos e influyentes en muchos músicos con posterioridad, pero, tras este The correct use of soap solo publicaron un disco más antes de su disolución (aunque hubo una tímida refundación hace unos años, que dio a la luz un disco relativamente digno). Y, con la excepción del bajista Barry Adamson, dedicado a una carrera posterior sobre el supuesto de hacer bandas sonoras para películas inexistentes, muchos de sus componentes pasaron al más injusto anonimato. John McGeoch, responsable de las efervescentes guitarras, murió siendo enfermero hace unos años. Y es del único que sé algo. Howard Devoto, cantante, publicó un disco ensombrecido por la carrera del grupo, y pasó al olvido.
Cualquiera que oiga este disco sacará una rápida conclusión: qué injusto es el mundo de la música. Porque todavía hay más: Martin Hannett se encargó de la producción del disco. Un productor así debería ser garantía de éxito. Había producido también Closer de Joy Division, disco emblemático donde los haya. Pero nada parecía ser suficiente. El sonido en The correct use of soap es más cercano al punk, no tan basado en el binomio bajo-batería sino en la combinación de guitarra-teclados que se constituyó en uno de los elementos distintivos de Magazine. Hasta ese momento el panorama musical había trazado caminos muy diferenciados para las guitarras y los sintetizadores. Mezclarlos parecía un sacrilegio, y solo algunos músicos aguerridos habían osado hacerlo. Uno era, obviamente, David Bowie, quizás (junto al punk) la influencia más evidente en el grupo. Una influencia más intelectual que de sonido, quizás. No era la única, A song from under the floorboards estaba inspirada en la lectura de las Memorias del subsuelo de Dostoievsky. El disco contenía una versión de Thank you (for letting be myself again) de Sly and the Family Stone. Si eso no significaba una voluntad de transgresión (antes habían hecho, alojada en una cara B, la mejor versión imaginable de Goldfinger, el clásico de Shirley Bassey para la película homónima de James Bond), ya me diréis qué. El funk y el disco eran géneros más bien denostados, asociados a un sentido del hedonismo en las antípodas del espíritu autodestructivo del punk. Y Magazine estaban allí, adelantándose a su tiempo. Pero este no es un disco de mestizaje. Como mucho de adaptación, porque a Magazine las ideas y la inspiración les sobraban. En el otro lado del Atlántico solo grupos como Talking Heads llegaban a alturas parecidas.
Sweetheart contract es una apisonadora rítmica que precedía por lustros el Boys'n'girls de Blur, con su arranque y el tono vocal. You never knew me se sitúa en un escenario desconocido para la sobreexcitada música de la época. Casi  confidente, una especie de canción de amor aderezada por unos coros que no desentonan. Y Model worker recuerda a la vez a ska, con su riff rabioso, y a todas las bandas del CBGB. Frustrante. Solo se me ocurre una palabra así para definir la divergencia entre la respuesta crítica y la escasa repercusión comercial de un disco como este. Del que se aprovecha todo, y del que no sé si muchos de sus deudores han sido suficientemente honestos a la hora de rendirle tributo. Harían bien: la carrera de muchos de ellos no se entiende sin la escucha masiva de esta monumental obra.

domingo, 23 de abril de 2017

Anari: Epilogo bat

Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable

Anari Alberdi (Azkoitia - 1970) es una cantante y compositora en lengua vasca que en 2016 publicó su sexto disco de estudio. Hablar de cantantes y compositores en euskera lleva, indefectiblemente, a hablar de Don Mikel Laboa, cuyo ascendente sobre las posteriores generaciones de cantautores en euskera es innegable. Laboa llevó la canción en euskera, en influencias, en sonidos, en temas, de lo particular a lo universal. Y por esa senda han continuado cantautores como Ruper Ordorika o la propia Anari. En estos dos casos, la influencia de la música americana y de sus grandes clásicos (Dylan, Cohen, Springsteen, Jackson Browne, los de siempre) es muy clara.

Volviendo a Anari, este sexto disco (breve, eso sí, pues son solo 6 canciones) es una continuación de "Zure aurrekari penalak". Uno tiende a pensar que un disco basado de descartes de sesiones de grabación anteriores puede ser una obra menor, una forma de estirar el chicle de un éxito pero, en este caso, se trata de una obra que, para mi, supera incluso a su predecesora. 

Continúa Anari, en lineas generales, en la senda temática y musical de sus anteriores LP. "Epilogo bat" es un disco tremendamente maduro, intimista, intenso, desgarrador por momentos, como en la brutal "Laugarren azalberritzea (Cambiar de piel por cuarta vez)", en la que la voz de Anari dice:

Denborak erretako baso bat ginen barruan eta zure ertzean
arropak utzi nituenean lurrean, narraztiek azala uzten duten eran
eta nahasi hartan ia beste dena, laugarren azalberritze batean

Éramos un bosque quemado por el tiempo,
dejé a tu lado mis ropas, como los reptiles dejan la piel al mudar,
y en aquel montón todo lo demás, en un cambio de piel, por cuarta vez.

El disco se compone de una introducción instrumental preciosa, "Intro (geure aldea)", en el que la mezcla del sonido del banjo y del acordeón crean una atmósfera de lo más sugerente. Continúa el disco con el tema más desgarrador, el ya citado "Laugarren azalberritze", cargado de metáforas y que recuerda a los mejores momentos de "Irla izan", cuarto disco de la azkoitiarra. "Parentesien arteak" sigue la linea intimista del tema anterior, con el banjo y un tenue teclado como telón de fondo. En "Autodefinitua", la música pierde oscuridad e intimismo, suponiendo un poco de aire fresco tras la opresión que transmiten los dos temas anteriores. Pero es un espejismo, y la oscuridad vuelve con "Piromania" y esos guitarrazos de fondo que acompañan a los pequeños incendios que provoca su protagonista. El "Epilogo bat" se cierra con la guitarrera "Epilogoa", nuevo dueto con Karlos Osinaga, de Lisabo, para dejarnos con buen sabor de boca y con ganas de no tener que esperar demasiado tiempo para escuchar un nuevo trabajo de una artista que lleva años instalada en una madurez creativa digna de envidia.

domingo, 16 de abril de 2017

Kendrick Lamar: To Pimp A Butterfly


Año de publicación: 2015
Valoración: imprescindible

Bienvenidos al territorio del prejuicio más absoluto.
Soy blanco, supero los 50 y vivo en un barrio céntrico de una ciudad europea.
Probaré a conducir el coche por la ciudad, con las ventanillas bajadas y con este disco al mismo volumen algo generoso en el que puedo oír, no sé, a Pulp o a David Bowie. Seguro que mucha gente va a mirarme de una forma rara. Como si, como en un anuncio de TV, acabara de bajarse del coche un adolescente y yo hubiera dejado "su" música puesta para, como decimos por aquí, "ir de guay".
Porque sí existe esa conciencia, esa especie de racismo inverso, ese que amagan con analizar David Foster Wallace y Mark Costello en Ilustres raperos.
Lo de "amagan" no me lo toméis a mal. No es que no lo consigan. Es que han pasado más de 25 años y nadie podría esperar que el género progresase de tal manera que aportara figuras como Kanye West, como Frank Ocean o como Kendrick Lamar. Pero, siendo realistas, el hip-hop parece una música diseñada para cualquiera menos para mí. O hasta para muchos de esos críticos que se adelantan y epatan a todos y ponen en sus reseñas expresiones como lo del flow. Y digo lo de los 25 años por toda la evolución posterior, la que matiza la agresividad de Public Enemy y llega a ese caleidoscópico mundo de hoy, donde, gracias al talento pero también a la MTV y a Pitchfork, las estrellas están arriba de todo. Y lo están por merecimientos, y discos como To Pimp A Butterfly lo confirman. Por ese motivo tan consabido de que trascienden las etiquetas, pero sobre todo porque Kendrick Lamar parece, en este momento, capaz de todo. En lo estilístico, por todo el enorme espectro que el disco abarca: jazz, funk, soul, toda clase de nuevos sonidos- cortesía de la descomunal producción de Flying Lotus, sin un sonido fuera de sitio y con un sentido musical envidiable. En lo artístico por lo inspirado de todo el material aquí contenido, en un disco donde el uso de los samples solo ocupa un primer plano en temas sueltos (por ejemplo, la excelente canción que sirvió de anticipo al disco, I), pero donde resplandece un sentido creativo exuberante, con un abanico sonoro y vocal que abarca desde los ejercicios reivindicativos casi paródicos (King Kunta) hasta el homenaje a figuras como Tupac Shakur en Mortal man), todo ello cohesionado por el retorno puntual, en momentos clave del disco, de esta estrofa
I remember you was conflicted, misused your influence. Sometimes I did the same.
Que hace las veces de referencia de retorno y que, a la postre, convierte el disco en una especie de opus que explota en todas direcciones. Respondiendo a la pregunta que tardaba ya en formular: ¿podemos disfrutar de un disco de hip-hop sin pertenecer a esa raza, sin sensación de opresión, sin comprender todas las letras en sus dobles sentidos y sus aspectos más militantes? Es decir, remitiéndonos únicamente a lo que nos transmite la música, a lo que percibimos en términos estrictamente sonoros, si acaso. como mucho, interpretando la tonalidad de la voz como si esta fuera un instrumento más. El ejemplo viene al caso. Kendrick Lamar apareció en el TV Show de Ellen De Generes, interpretando una de las piezas clave del disco, These Walls. Una canción que, según describe el ensayo sobre el disco que cierra Ilustres raperos, habla de vaginas. La versión interpretada es diferente al disco, y para el evento se orquestó un curioso escenario: un par de bailarines, un pintor, y Kendrick, a la izquierda del escenario, en una interpretación vocal en vivo que impresiona: mirad, si no, cómo el tono pausado se acelera a partir del minuto 3 y acaba convirtiéndose en una actitud dura... para a continuación mostrarse casi tímido en las palabras con la presentadora.
¿Hace falta comprender la jerga? De hecho, la versión para el clip promocional de la canción es casi una mini-película que empieza con negros encarcelados (las otras paredes a que se refiere la canción) y un espíritu lúdico, festivo. Pero al margen de todo, las ganas de innovar y de no dejarse llevar por los estereotipos del género afloran por todas partes. How much a dollar cost parece deliberadamente escrita para insertarse en el score de algún futuro western de Tarantino, todas las canciones tituladas como Interlude parecen ser pretextos para la improvisación sonora, y los ejercicios más convencionales dentro del género, como Alright o Hood Politics siempre contienen elementos musicales que solo pueden calificarse como universales.
Entonces, un rotundo sí. Discos estratosféricos como éste se comprenden desde su vis sonora y se disfrutan sin ninguna clase de reparos. Las preconcepciones saltan y el disfrute es completo, y quien atribuye a Lamar eso tan recurrente de estar a otro nivel no exagera. Está muy por encima de demasiados músicos como para entretenernos en razas o en credos o incluso en niveles de madurez. Un futuro esplendoroso el que le espera, y al que le guste la música, que no se permita dejar a este músico, ni a este magnifico disco, de largo.

domingo, 9 de abril de 2017

Air: Moon Safari

Año de publicación: 1998
Valoración: imprescindible 

No voy a dar mucho la tabarra con el hecho de que desde el cuarto disco o así la carrera de Air se haya limitado a discos dignos, discretos, con influencias dispersas (lo oriental, las bandas sonoras, Debussy, Satie) discos escuchables pero incapaces de generar un entusiasmo. Pero sí que voy a mostrar mi enfado con toooodo el resto del universo musical desde 1998. ¿Tan difícil, era, igualar este disco en sus logros que nadie, en casi dos décadas, ha conseguido discutir su influencia como casi única acta fundacional de la electrónica "contemplativa", comercialmente llamada "chill-out"?

(Inciso 1: aunque ellos mismos parecieron renegar de la etiqueta publicando un segundo disco de estudio abrupto y marciano, el injustamente ignorado 20000 Hz. Legend).

Así fue la cosa: un tiempo antes el dúo francés había saltado a la fama con Modular: un fascinante medio tiempo planeador con influencias jamaicanas que había sido tocado por la varita mágica de la época: la atención de James Lavelle, francés como ellos pero residente en Londres, capo de Mo' Wax, sello independiente de moda que apostaba fuerte por extraños artistas que publicaban maxis y recopilatorios fusionándolo todo.

(Inciso 2: a la postre los mayores éxitos de Mo' Wax surgirían del disco de DJ Shadow y de la inclusión de una remezcla de Clubbed to Death en la banda sonora de Matrix).

En aquella época el french-touch o french-chic empezaba a ser una enorme respuesta al predominio anglófilo de las corrientes en voga. Curioso, cuando hablamos de corrientes, las de la música electrónica, cuyo fuerte componente instrumental neutralizaba las cuestiones idiomáticas. Pero la industria era muy poderosa e Inglaterra todavía era el centro de emanación de vanguardia. Y desde allí se toleró que los franceses aportaran sus figuras. Motorbass, Etiénne de Crecy, y, por encima de todos ellos, Daft Punk y Air.

(Inciso 3: me recuerdo en un viaje en 1997 hurgando en las estanterías de CD's de la tienda FNAC cerca de la Plaza Bastille, en París. Simplemente era imposible concebir que en Barcelona unos grandes almacenes culturales pudieran tener estantes dedicados a sellos o a subestilos como el trip-hop)

Moon Safari se publicó en una fecha particularmente inadecuada desde la perspectiva comercial. Mediados de enero. Fuera de temporadas de ventas o de presentación de novedades, demasiado lejos de las listas de final de año para mantener un recuerdo fresco, demasiado pronto para los premios críticos de gran calado. Otro mérito. Ello no impidió que se le tomara mucho en cuenta. Cómo no. Un disco excelente no puede pasar desapercibido, pues una obra maestra extraña. Con un tracklisting marciano, con un single (Sexy Boy) extrañamente pegadizo y poco representativo del tono del disco, sin incluir ninguna de las dos canciones que les habían otorgado fama alternativa (ni Modular ni Casanova 70). Un disco que se iniciaba con una canción que ha quedado clavada en sus seguidores como el inicio de un trip. Una canción, La femme d'argent, que contenía todas las claves de su carrera: dominio de los teclados, sentido de la improvisación, bajos profundos, una especie de calma tensa conforme van apareciendo capas de instrumentos, rota por la aceleración rítmica que se incorpora en el tramo del final. Tiene todo el sentido que los medios hablaran de la nueva era del espacio, de la nueva era de la música, de relax, de easy-listening, de la calma tras los años del acid, del trance, del hard-house. Pero el disco no se limitaba a eso. Había ejercicios de dulzura semi-folk deudores de Françoise Hardy o Joni Mitchell, You make it easy o All I need, excelentes instrumentales ensoñadores que parecían diseñados para aportar banda sonora a películas independientes Talisman, jugueteos con los lados más pop de Bacharach (Ce matin la), y esa salida pausada del disco que constituyen las dos canciones finales, como si saliéramos ordenadamente del cine a la calle.
Moon Safari no parece envejecer. Quizás la maraña de influencias (dub, easy-listening, pop de los 60, glam) consiguió que se convirtiera, per se, en un disco atemporal. Quizás la combinación entre instrumentos electrónicos y acústicos consiguió desprenderle esa incómoda etiqueta de "música asociada a un momento".
Y Air no tienen la culpa de que algunos componentes del ejército de admiradores que el disco les procuró pensaran que no podía ser tan complicado hacer lo mismo. Air no tienen la culpa de toda la porquería formulaica que se ha querido vender luego bajo etiquetas que los relacionaran, de que el espíritu se capturase comercialmente pues era un gancho perfecto para atrapar a toda la gente a la que otras corrientes más agresivas intimidaban.