domingo, 26 de marzo de 2017

Pretenders: Pretenders


Año de publicación: 1979
Valoración: bastante recomendable

Pocos discos de debut son tan recordados y reconocibles como éste. Desde la contundencia intemporal de su portada, una especie de código en blanco y negro solo alterado por la contundente chupa roja con que se atavió Chrissie Hynde. Que ya es un mensaje por sí solo: tanto como su decidida mirada a cámara, frontal como sí sola. Pretenders no es una banda con chica, sino mi banda. Y a fe que lo consiguió, aunque fuera por el desgraciado hecho de que, en menos de cinco años dos de los componentes de la banda inicial ya habían fallecido víctimas de sus adicciones. Y ha Hynde no le hacía falta que la parca le allanara el camino, claro que no. Pero ese halo de malditismo en un mundo como el del rock, wow, no disimulemos, suele resultar crucial. Porque aunque la banda persistiera en esa formación inicial para completar un (cómo no, claramente inferior) segundo disco, aunque Hynde a posteriori siempre pareciera (aparte, junto a Johnny Ramone, del flequillo más reconocible del rock) a la búsqueda de los socios perfectos para su proyecto, este Pretenders siempre será considerado su tarjeta de presentación y, claro, su cumbre creativa.
Y sorprende, aparte de la cuestión estética, que a pesar de toda la historia anterior (mucha de ella disponible a través de la autobiografía que hoy reseñamos en UnLibroAlDia), que la relacionaba con la eclosión punk y ese Londres bullicioso de la mitad de los 70, este disco no puede alinearse al lado de los grandes clásicos del punk. Quizás porque las influencias de Hynde no eran tan recientes y quizás por lo que muchas veces marca los discos de debut: la heterogeneidad del material acumulado. Por eso, y quizás le preguntaría a Hynde si la tuviera delante y no me derritiera (como hubiera hecho en su momento) ante su mirada a la vez esquiva y agresiva, ¿satisfecha con que a pesar del cuero y la negrura y las historias con todas las drogas habidas y por haber, el faro de su carrera sea pop, una delicia, sí, pero pop al fin y al cabo, como Brass in pocket?
De eso se trata: de que Pretenders, publicado en 1979 pero con una influencia patente en la siguiente década, es una formalización de la asimilación del punk (presente aquí en espíritu pero limitado a unos cuantos dardos entre los que brilla con luz propia la contundente Precious, que inicia el disco, con su desafiante "fuck-off") despojada de sus urgencias amateur (desde luego aquí hay aprecio por las armonías y por las buenas instrumentaciones) y, reconozcámoslo, ya en un proceso de domesticación/mixtificación que a la postre sería el alumbramiento de la new-wave. Una injustamente vilipendiada corriente que consistió en asimilar todo el espíritu do-it-yourself del punk y enriquecerlo con todo tipo de influencias.
Sí, es posible que esa sea la auténtica hazaña de este disco: incorporar pop (la mencionada Brass in pocket  o Kid, con sus aires de nana con trémolo), versiones de lo que empezaban a ser viejas glorias (¡los Kinks! ) reggae, (Private life, que encontró acomodo en su fascinante cover por Grace Jones) instrumentales amarcianados, y, a pesar de todo, conseguir que de esa diáspora surgiera una sensación unitaria. Un disco que se oye de un tirón, con su alternancia de tiempos, del cual se disfrutan por igual los arranques y los parones, y que rezuma entusiasmo, que no urgencia, y al que tres décadas largas después, solo pueden recriminársele dos cosas: que su sonido haya quedado un poco languidecido, cosas de las técnicas de producción, y que el grupo, supongo que con cierta lógica, haya tenido una carrera tan anónima como desigual.

domingo, 19 de marzo de 2017

Teenage Fanclub: Here

Año de publicación: 2016
Valoración: Bastante recomendable

Han pasado 27 años desde la publicación de "A catholic education", primer álbum de Teenage Fanclub. Norman Blake ya no gasta esas melenas de los primeros 90, ahora es un señor maduro bien peinadito, vestido de forma elegante, la perfecta imágen del padre de familia,  Gerard Love sigue teniendo cara de adolescente, aunque pequeñas arrugas alrededor de sus ojos parecen indicar que no será joven eternamente y Raymond Mc Ginley siempre pareció mayor, la verdad, así que podríamos decir que por él ha pasado menos el tiempo.

En cualquier caso, y pese que ya no quedan apenas restos de aquellas guitarras distorsionadas y todo es limpio como una mañana de primavera, casi todos ellos (Blake y Love, siempre ellos dos) mantienen intacta su capacidad de componer verdaderos himnos generacionales. Obviamente, este "Here" no llega al nivel del "Songs from Northern Britain" o del "Grand Prix", para mi las dos obras cumbre de su discografía, pero guarda un puñado de canciones que podrían estar en los dos discos citados sin desentonar.

Como ya nos tienen acostumbrados los escoceses, las canciones se reparten a partes iguales entre Blake, Love y McGinley, lo cual para la paz interna del grupo quizá sea genial, pero no siempre da en el clavo. Veamos.

De Blake son dos de las canciones más efectivas en una primera escucha: el single y canción que abre el disco "I´m in love" y la maravillosa "The darkest part of the night". Dos de las canciones más alegres y aceleradas del disco y que, a buen seguro, formarán parte de futuras recopilaciones de "hits" de la banda. Sus otros dos temas, "Live in the moment" y "Connected to life", no llegan a las cotas de inmediatez de las dos anteriores, en especial  la relajada "Connected to life", pero son canciones que van ganando con las sucesivas escuchas. 

Gerard Love abre su aportación con "Thin Air", otro pildorazo de pop de guitarras con su sello inconfundible. El otro posible single de Love en este disco sería "The first sight", canción a la que los cambios de ritmo sientan de maravilla. La saltarina "It´s a sign" mantiene el tono respecto a los dos temas anteriores, pero las arrugas que comentaba al comienzo de la reseña se hacen notar y no todo van a ser guitarras vibrantes. De ahí la pausa de "I have nothing more to say".

En cuanto a Mc Ginley, lamento decir que sus canciones no llegan al nivel de las de sus compañeros. Prácticamente en ningún momento encontramos los momentos brillantes que Blake y Love nos traen y mucho me temo que sus canciones pasarán al olvido más temprano que tarde, aunque "Hold on" o "With you" tengan algo más de recorrido.

En resumen, un notable alto para Blake, un notable pelín más alto para Love y un aprobado raspado para McGinley en un disco que no descubre nada, que no pasará a la historia precisamente por innovador, pero que contiene un buen puñado de canciones de clásico pop de guitarras y melodías vocales y que volverá a gustar a los seguidores de una de las bandas claves del pop británico de los años 90.

domingo, 12 de marzo de 2017

Goldfrapp: Felt mountain


Año de publicación: 2000
Valoración: imprescindible


Apenas a unas semanas de publicarse su séptimo disco de estudio, y los seguidores del grupo volveremos a pensar en Felt mountain como si fuera una vara de medir: ojalá todos sus discos llegaran a esa altura, ojalá podamos revivir esas sensaciones. 
Y no es que los discos del dúo hayan sido desdeñables. Black Cherry fue un giro en redondo que avanzó el electro-clash. Tales of us apostó por un clasicismo cercano al soul de cámara. Supernature revivió glam y disco a partes iguales.
Pero caer a los pies de las nueve canciones que componen este Felt mountain, disco de debut me parece una cosa prácticamente inevitable. Es un disco perfecto. No se trata de la ópera prima de dos debutantes. Tanto Will Gregory como Alison Goldfrapp llegaban al grupo acumulando experiencias de peso. Gregory, compositor y multiinstrumentista había colaborado en proyectos más o menos masivos con Peter Gabriel o Tears for Fears. Goldfrapp había aportado su sensual voz a canciones de grupos más alternativos: Tricky, Orbital o Spacer. Que Gregory tuviera ya sus cuarenta añitos al publicar el disco supongo que contará. Porque es un disco de una increíble madurez, para nada una colección apañadita de canciones de una banda tanteando a la búsqueda de sonido. Y repito, perfecto. Tanto que voy a permitirme una declaración casi sacrílega. Portishead (que sí, es verdad, llegaron unos años antes con planteamientos sonoros algo similares) puede que marcaran un camino por donde discurrir. Pero Goldfrapp alcanzaron la cumbre.
He dicho cumbre. La ilustración de la contraportada resulta curiosamente evocadora. Una montaña que parece mágica y un camino que se adentra en ella. Y ante esa imagen la primera canción arranca con un sonido distorsionado, un silbido, y una nota de cuerda sostenida: Lovely head. Las influencias empiezan a amontonarse: el sonido es cinemático. Tanto que la canción es usada en películas, en anuncios. Ahí está Barry y está Morricone, el silbido rememora tanto un spaghetti western como un espectáculo decadente de cabaret en una ciudad europea del período entreguerras. Pero qué es esto. Paper bag arranca: "No time to fuck". Letras abstractas, sonido elegante y minimalista. Extraño sruidos que encajan entre sonidos más convencionales y voces a veces orgánicas a veces tratadas. Todo empieza a adquirir una tonalidad irreal. Algún detalle sampleado, sí, claro, pero por encima de todo unas composiciones que apuestan por la mezcla de detalles a veces extraños, de tempos gélidos: Deer Stop, belleza arrebatadora tanto en sus versiones más delicadas como en la grabación atiborrada de efectos vocales. No hay respiro ni para la riqueza de detalles de las canciones ni para la capacidad vocal de Alison Goldfrapp. Debía ser consciente del calibre del material, de la enorme originalidad de un disco que es capaz de encajar el detalle más excéntrico: Oompa Radar parece música de circo pero arrastra al oyente en una especie de trip no exento de romanticismo. Una de las cumbres del disco, Utopia, cuyo clip parece desvelar alguno de los secretos estéticos del álbum, situada, cosa bastante inusual, cerca del final del tracklist, cerca de Horse tears, magnífico broche final a uno de los momentos definitorios de la fusión definitiva. Porque hay pocas cosas que queden fuera de Felt mountain. Aquí hay clasicismo: Satie y Debussy, las formas adaptadas en las suntuosas bandas sonoras de Morricone, de Badalamenti, pero también la influencia del pop perverso de Scott Walker, la sutileza de Françoise Hardy, la marcialidad y el sentido dramático de vocalistas atormentados como Nick Drake o Beth Gibbons. El grupo no cedió al estúpido propósito de pretender repetir el disco: sus cambios de sonido han sido constantes y su evolución podría calificarse igualmente de errática o caprichosa como de genial y estimulante. Pero a ver quien no le perdona cualquier desliz futuro al grupo capaz de crear la maravilla inabarcable que es Felt mountain. Diecisiete años después, aún me pone la piel de gallina.

domingo, 5 de marzo de 2017

Vampire Weekend: Modern Vampires of the City


Año de publicación: 2013

Valoración: muy recomendable

Desde el tono atemporal de la imagen brumosa de NY, Vampire Weekend entregaron en 2013 su tercer disco, cierre de una trilogía inicial sobre la que la salida de Rostam Batmanglij del grupo cierne sombras de incerteza.
Pues si está claro que el músico y productor de origen iraní tiene una influencia capital en el sonido del grupo, el contenido de este Modern Vampires of the City lo pone aún más de manifiesto.
El grupo neoyorquino ya venía de ser aclamado por la crítica en dos discos previos, Vampire Weekend y Contra, de los que se había alabado tanto su calidad compositiva como su apuesta innovadora por integrar sonidos poco habituales en el pop. Influencias africanas, sobre todo, cierta aridez sonora, cierto gusto por incorporar melódicamente la percusión, una situación perfecta solamente contrapesada por un cierto halo de exquisitez, ese arqueo de ceja que suele acompañar a esas bandas neoyorquinas, que siempre parecen compuestas por universitarios hijos de familias adineradas que prueban a divertirse haciendo música antes que incorporarse a las empresas familiares.
Imponer esos prejuicios nos alejaría de disfrutar este disco. Un disco formidable que contiene muchas de las mejores canciones de la banda y un disco que solamente deja de ser imprescindible porque se elige una secuencia algo extraña. No le falta cierta lógica, por eso, a apostar por la alternancia entre las canciones más introspectivas y las más expansivas. Decantarse por unas o por otras de forma clara, situándolas agrupadas en dos mitades, solo generaría una polémica estéril. Entre quienes mantienen el cariño hacia una banda que parecía diseñada para aportar banda sonora a las tiendas de Hollister y quienes les exigen un firme paso hacia la madurez.
Difícil obtener equilibrio, pero aquí se consigue gracias a que las canciones suelen ser excelentes. El disco se abre y se cierra con excelentes canciones lentas, dominadas por el piano ambas: Obvious Bicycle y Young Lion. Empezamos a darnos cuenta de quién ha mandado aquí, pues el dominio de los teclados y de los trucos de producción, sin ser avasallador, resulta notable. Resulta curioso que la banda optase por prescindir de los músicos de apoyo al presentar el disco. En vivo, algunas de las canciones suenan un poco más desnudas, sin dobles voces, sin ruidos en segundos planos, sin la elección de las pistas vocales más logradas. No es extraño que guardaran una canción gloriosa como Hannah Hunt para este disco. El meticuloso trabajo de estudio nos muestra con sutileza porqué es importante recurrir a todas las posibilidades que ofrecen las tecnologías de grabación. No es que su versión en vivo no guste. Es que todos esos detalles de producción se muestran irreproducibles y su ausencia le resta cierta magia. Lo mismo puede ocurrir con uno de los singles del disco, la monumental Step, con sus coros celestiales y los punteos de clavicordio. Canciones como esta o Hudson acaban convenciéndonos de que el tono dominante del disco (nótese incluso el parón en una canción eufórica como Unbelievers) es ciertamente melancólico. Puede ser que quisieran ser tomados en serio, que no quisieran parecer unos eternos alumnos de alguna de las Ivy League, que necesitaran desmarcarse de una pose hedonista e incorporar (conscientes de que nunca van a ser los Red House Painters) una coartada intelectual o cierta solemnidad formal. No puedo pronunciarme. Parece que Rostam Batmanglij (que ha aportado sutil guitarra, por ejemplo, a Frank Ocean) seguirá colaborando activamente con  el grupo. Cuatro años han pasado ya y esperamos que haya un siguiente movimiento y que ese tono no fuera el de una despedida. Que fuera más bien el de cuatro tipos que se lo han pasado en grande haciendo música triste.

domingo, 26 de febrero de 2017

Andrés Calamaro: El cantante



Año de publicación: 2003
Valoración: imprescindible 

Pura lógica.
La música de Andrés Calamaro me resulta, la mayoría de las veces, directamente insoportable. Su empeño en convertirse en un Bob Dylan en español. Sus letras tendentes al ripio que convierten a Sabina en Rimbaud. Su pose rockera basada en toda la retahíla de tópicos (melena, droga, exceso).
Y las canciones clásicas del cancionero pop latinoamericano. Qué decir de algunas de ellas, que parecen diseñadas para ser interpretadas por cantantes decadentes con solapas horrorosas actuando atiborrados de tinte capilar en un triste programa de sábado por la noche en un canal público al que el presupuesto no le da para más.
Canciones casi siempre centradas en affaires amorosos inflamados hasta lo grotesco. "Voy a perder la cabeza por tu amor". A quién se le ocurre.
Y de la combinación de estos dos elementos va y surge un disco inconmensurable. Sublime. Extraordinario. Posiblemente único. Porque la mezcla funciona. Calamaro enguarra las canciones y les aporta un aire canalla y vivido. Y las canciones descabalgan al cantante argentino de esa pose de snobismo solipsista propia de los pesados que se empeñan en estropear la mañana a la gente berreando frente a una terraza.
Si es que es perfecto. Tómese, por ejemplo, el famoso tango Volver, de Carlos Gardel, empleado en una versión de Estrella Morente para la película homónima de Almodóvar. Artificio, sílabas alargadas para alarde técnico, mutilación (¡es un tango!) del ritmo. La versión de Calamaro: sugerente, melancólica en su punto justo. Con ese arranque, esos coros masculinos. La guitarra, la respuesta del bandoneón, el arrastre acanallado de las palabras. Un aire pop respetuoso y nada sacrílego. Creíble y disfrutable. Culpemos al sonido: la producción de Javier Limón pone cada cosa en su sitio sin necesidad de acudir a grandes artificios, no hace falta abrumar con vientos o cuerdas. Guitarra acústica (la del Niño Josele, que aflamenca de forma fascinante lo que toca. Una precisión para elegir siempre lo más conveniente al alcance de pocos. Las canciones quedan equilibradas, lustrosas, y se suceden una tras otra sin que el nivel descienda. 
Ni siquiera las tres originales de Calamaro desmerecen, lo que da una idea de la magia que se produjo ahí. Algo contigo, sensual, franca, rabiosa. "Sus ojos se cerraron": otra vez la voluptuosidad del bandoneón, que suena triste pero evocador. Estadio Azteca, original, con ese estribillo cantable y euforizante. "Alfonsina y el mar", dulce y sedante tras el terror de su historia. La mayoría canciones de letra desgarrada entre las que sólo desentona "El arriero", que por sonido y temática folk se desmarca ligeramente. Porque estas canciones, casi todas ellas, parten del desencuentro y del dolor. Un dolor que a veces, casi siempre, nos puede parecer patético e impostado. Pero aquí no. Calamaro hace suyo ese material, su voz en pleno apogeo se integra en las canciones y las hace creíbles fuera de un contexto lánguido y kitsch y el experimento (un repaso a grandes clásicos de tango, bolero y pop latino) resulta encumbrarse como el mejor disco de Calamaro, superar el status de disco de covers y adquirir personalidad, aunque sea a través de la cruel ironía de sonar a Calamaro menos que ninguno. La apoteosis, en la versión de la canción de Rubén Blades que le da título, otorga una despedida a la vez eufórica y emocionante, una declaración de principios justo al final, como si Calamaro reconociera el valor del disco y su papel en él.

domingo, 19 de febrero de 2017

Disclosure: Settle


Año de publicación: 2013

Valoración: imprescindible

Así me gusta: sentados en la misma silla y quietecitos con ese aspecto medio travieso de dos hermanos de ¿5-6? años que se portan bien y saben compartir las cosas. Hasta ese ridículo conjunto a cuadros con colores cacofónicos, ése con el que más tarde observarás "mamá, cómo me hacías poner eso". 
Portarse bien habrá sido clave, entonces, para que en el futuro Guy y Howard Lawrence, hermanos en tiernas veintenas, publiquen bajo el nombre que les ampara como grupo, Disclosure, un espléndido álbum de música electrónica en su sentido más lúdico y expansivo, este Settle que hoy reivindico aquí.
Lo obvio: los años que los dos hermanos debieron deglutir música para asimilar esas influencias y volcarlas en este disco. Porque Settle tiene la cualidad casi única en música de baile (un género irremisiblemente abocado al 12' o al single como formato) de constituir un álbum sin fisuras, y sin necesidad de recurrir al socorrido de recurso de convertirlo en una sesión de mezcla o incluso una sucesión de mixes. Lo que hacen los hermanos Lawrence es asimilar todo lo que han absorbido no se sabe dónde (hogar, clubs, radios, streaming) y meterlo en este disco. Neo-soul, garage, dubstep, house de club gay, speed garage. Bien digerido y asimilado, con una puesta al día de sonido lo suficientemente respetuosa y fiel para no alinearse con la vulgaridad imperante en un género en que toda música parece igual en función de quien la produce y remezcla.
Entonces Settle acaba convirtiéndose en un extremadamente placentero viaje al pasado sin necesidad de desempolvar viejos vinilos. Un pasado que empezaría en 1989, en Detroit o en New York. Ejemplo de ello: el inexorable house de falsetto de January parece una revisión de toda la discografía de Ten City. Y a partir de ahí, y siempre con cierta tendencia a potenciar la sensualidad de los géneros, todos irán cayendo, contagiados por un cierto aire pop que confiere a las canciones una combinación única: inmediatez en sus ganchos y perdurabilidad en su desarrollo. La elección de los cómplices vocales tampoco de antoja gratuita. No les importa acudir a lugares poco comunes. Así una estrella del pop vocal como Eliza Dolittle hace su aportación en You & Me, irresistible píldora pop que se alza con un curioso mérito, el que la fascinante remezcla de Flume casi eclipse al tema original. O Sam Smith, aportando calculado histrionismo al elegante ritmo de Latch. A pesar de ello, Settle no parece concebido como un álbum de singles. Tiene coherencia como conjunto aunque el brillo de las aportaciones parezca empujarnos hacia ciertas canciones en concreto. Otro single, White Noise, cuenta con la voz felina de Aluna Francis, de AlunaGeorge jugueteando entre ritmos, y "regalándonos" uno de los momentos del disco: la fase instrumental que precede a la segunda entrada del estribillo es toda una declaración de principios. Somos Disclosure, hemos invitado a un montón de vocalistas, son importantes, pero esta es nuestra música, este es nuestro ritmo y esta es la oleada de bajos sintetizados que queremos regalaros. Un momento definitorio, una cumbre eufórica y hedonista, un lapso de brazos al cielo y celebración. Y hay más: Defeated, elegante y minimalista, Second chance, con sample de Kelis, hipnótica y levitante, y, para mi gusto, el mejor tema del disco, Voices, que nos hace añorar los tiempos del speed-garage, aquel lejano momento final de la eclosión de la música electrónica. Justo antes de que las etiquetas la convirtieran en un rótulo en los estantes de las grandes superficies y patanes como David Ghetta la convirtiesen en una música funcional para usar y tirar.

domingo, 12 de febrero de 2017

Chilly Gonzales: Solo Piano II

Año de publicación: 2012
Valoración: imprescindible


Quizás debería haberme fijado antes. Pero supe por primera vez del Chilly Gonzales pianista a través del show radiofónico de Jarvis Cocker. Porque hasta ese momento solamente conocía la faceta más excéntrica de su música, la de los discos donde colaboraba con gente extraña como Peaches para experimentar con el hip-hop y la electrónica. En el programa de radio del cantante de Pulp oí la adictiva melodía de Othello y no pude menos que indagar sobre este músico canadiense.
¿Con zapatillas? Así se atreve a salir en un respetable programa de sobremesa de la televisión francesa. No lleva su habitual batín, y parece haberse afeitado para la ocasión. Y su flequillo rizado habrá llevado su tiempo controlarlo. Pero lo conocemos. Su pose amable y contenida es otro envoltorio para la más noble de las finalidades. Entregarle al mundo las raciones de su genio. Lo hace de muy diversas maneras: ahora le da lecciones de piano a una presentadora de un evento de música electrónica, atribulada por su falda (aquí), ahora desmenuza en clave musicológica los motivos de hits de la música popular (aquí).
Y, claro, publica discos excelentes como éste. Donde, como muy gráficamente explica el título, solo toca el piano. Vistos los resultados, para comprobar sus cualidades compositivas e interpretativas, tenemos más que suficiente. Porque prácticamente cada una de las piezas cortas (no suelen aventurarse más allá de los tres minutos) que integran este disco parecen estar ahí desde toda la vida. Los aires parisinos las sobrevuelan prácticamente todas, obviamente las que ya tienen títulos en francés, como Rideaux Lunaires, pero la tonalidad nostálgica y evocadora, ya intrínseca al instrumento, filtra por todas partes, como  en Kenaston. Pero el disco está lleno de pieza delicadas que van sucediéndose en la preferencia de quien lo escucha. El aire decadente de Wintermezzo, la delicadeza con contrapuntos de Satie de White Keys. Ajeno como soy a valoraciones más técnicas, solo puedo hablar de ese aroma pop y juguetón oculto tras composiciones de corte clásico, a veces escoradas al score o al honky-tonk. Nos hemos hartado de ver música excelente banalizada por su constante uso fuera de contexto, cosa a la que todo está hoy en día expuesto. desde Mozart hasta Debussy hasta los Beatles. De momento, y hasta que sea descubierto por anunciantes de perfume y entusiastas de los aborrecibles talent-shows, Chilly Gonzales está agazapado en una tercera fila reservada a los geniecillos atribulados. Aunque Daft Punk se fijaron en él, y le invitaron a colaborar en una canción de Random Access Memories. Algunos detalles relacionados con esta colaboración pueden verse en curiosas grabaciones como esta o esta, todas ellas muestras tanto de su virtuosismo como de su impagable sentido del humor (y de la teatralidad).
Qué queréis que os diga. El mundo necesita discos como éste y el mundo necesita músicos como éste. Que arriesgan, que unen géneros, que no tienen miedo de franquear barreras constantemente, de conducir sus carreras hacia lugares poco propicios (y, por tanto, ajenos a las ventas multimillonarias), y de mostrarse irreverentes, algo muy diferente de irrespetuosos. Chilly Gonzales seguramente esté la mar de bien así: en un entorno de un tamaño adecuado para que su talento sea reconocido y pueda evitar el mal de alturas. Otra cosa es que yo no esté tan conforme con que tanta gente ignore su talento porque nadie se haya preocupado de mostrarlo. Espero que esto ayude.