domingo, 13 de agosto de 2017

David Bowie: Low

Año de publicación: 1977
Valoración: imprescindible

La era dorada del vinilo: extraordinaria portada distintiva a millas de distancia. Letras naranjas, fondo naranja, pelo naranja, cierto aire bicolor de regusto bergmaniano y retrato emblemático a más no poder de un músico que opta, aún siendo conocido como cantante, por embutir montones de música instrumental aprovechando las labores de Brian Eno (aquí simplemente Eno) metiendo sintes y vocales como si en este disco encontrara todo aquello que le motivó años atrás a abandonar Roxy Music, y aprovechando- Bowie- su fama creciente y el miedo (justificado) que su imagen y su desinhibición provocaban en el adormilado mundo de la música y en la moral de la época. La gente justo se había acostumbrado a los pelos largos y ahora ese tipo andrógino y excesivo subiéndose a un escenario con unos modelitos imposibles.
Y no olvidemos la fecha de publicación del disco: enero de 1977. Con la revolución punk a punto de estallar, Bowie se muestra más sobrio y contenido que nunca. Low es el primer disco de la Trilogía de Berlín y el antecedente de Heroes, absoluta referencia en la obra del artista y emblema de la época, y los punks reservaban a Bowie (y a Lou Reed o a Iggy Pop, que por cierto colabora en este disco) el respeto que le negaban a los adocenados grupos del rock progresivo.
Pero es que Bowie lo merecía. Low es uno de esos discos que crece a cada escucha. Desprovisto de un single poderoso, cuya escucha condicionaba la del disco en su totalidad, el disco puede parecer una obra menor, pero esa condición le otorga unidad. Curioso: una primera cara acaparada por temas vocales, algunos de ellos con cierto espíritu soul (Bowie acudía a Berlín tras una aventura americana de la que había importado una adicción a la cocaína), donde puede destacar relativamente Sound and Vision o la contención de Always crashing in the same car, obvia influencia (los sintetizadores de Eno, la guitarra de Carlos Alomar) de discos como The correct use of soap. Pero la gran sorpresa de Low aparece en la segunda cara. Bowie: artista visual, cantante, frontman de sí mismo, se retira de esa primera línea absoluta y entrega música instrumental, experimental, llena de texturas y donde su voz no aparece por ningún lado. Desconcertante para aquellos atraídos hacia su figura por los resortes más habituales del pop, que no sabían como reaccionar ante un tema como Warszawa, lento, casi marcial, repleto de sonoridades que definían la centroeuropeidad y obvias muestras de que su estancia en Berlín se filtraba a sus gustos. Los sintetizadores analógicos de esta canción aún atronan pasadas décadas, en discos de Carl Craig o de Model 500, en un extraño viaje de ida y vuelta a un lado y otro del Atlántico.
Low es importante, una de las cumbres de la obra de Bowie, porque como artista se aleja de la contaminación mediática que podía provocar su imagen previa, la de discos como Ziggy Stardust o Hunky Dory y plantea cambios profundos, una huida premeditada de la volatilidad del pop que a la vez esquivaba la agresividad del punk y la modorra del rock sinfónico. Su cara B es una enciclopedia involuntaria que se adelantaba por lustros a muchas de las corrientes que años atrás serían llamadas vanguardia. En esa cara está Gary Numan, The Human League, Depeche Mode, Japan, Ultravox, y muchas de las cosas que vinieron después. Pero lo mejor es que el disco ni siquiera lo pretendió. Se trataba de un disco más en la carrera de una estrella global, no de una excentricidad como el Metal Machine Music de Lou Reed. Bowie lo publicó (y Tony Visconti lo produjo) con total naturalidad, como sin darse cuenta de que estaban aportando algo intangible que cambiaría la música.

domingo, 6 de agosto de 2017

Arcade Fire: Everything now

Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable (justito)

No nos asustemos. Arcade Fire parecen ser incapaces de entregar un mal disco. Van cinco, ya, y ninguno es un mal disco. O sea, y léase la valoración, insisto, puede que sea injusto no darle una oportunidad a Everything now simplemente porque un comentarista de Internet venga y traslade, aquí, su mohín de escepticismo a unas cuantas líneas. 
Hay bastantes cuestiones, por eso, que justifican esta relativa frialdad. 
Una obvia: cuatro discos previos con un promedio realmente sobresaliente, incluyendo una evolución sonora, como mínimo, sorprendente en un sentido satisfactorio.
Otras más complejas.
Por ejemplo, que el grupo base la estructura del disco en el tema que le da título, que aparece en tres fragmentos, en distintas duraciones, arreglos, y tomas. Importante, sí, pero no es desde luego la mejor canción del grupo. Quizás la más inmediata, con ese esplendoroso y fascinante arreglo de cuerda y piano inicial , que les ha reportado bromas como lo de llamarles ABBArcade Fire. Pero una canción, y pronto empiezo con los tabús, basada en esa contagiosa melodía, que se repite a lo largo de los cinco minutos: el piano, la primera estrofa, el coro de niños, la sección de cuerda en su reprise. El fogonazo, véase el vídeo, es intenso y parece perdurable: pero se desvanece, allá por el minuto tres, y tras un estribillo más bien insulso (demasiados estribillos insulsos en este disco, algunos como arengas para justificar un paso a la siguiente estrofa), estamos deseando que se repita la melodía base, porque la canción, nos tememos, no da mucho más de sí.
Las labores de producción: desde luego no se podrá recriminar al grupo ser fagocitado por sus productores, pues la labor de Thomas Bangalter (Daft Punk) o Geoff Barrow (Portishead) apenas se filtra en meros detalles, lo cual sería una buena noticia según cómo. Creo que la influencia de James Murphy en Reflektor era un factor positivo y, de hecho, algunas de las mejores canciones de Everything now son las que recuperan el sonido de su anterior disco, como Good God Damn, con su bajo juguetón y su guitarra afilada. Aunque he de reconocer que hasta ahora no sé si esos logros compensan las lagunas, algunas de las cuales me han provocado cierta preocupación sobre el futuro de una banda gobernada, en la cuestión vocal y de imagen, por un matrimonio, pero que parece disfrutar de una cierta democracia en lo que concierne a la concepción de su sonido y en las aportaciones estilísticas. Por ejemplo: Creature comfort, otro de los sustentos del disco, o Electric blue, ambos muestras de  que Régine Chassagne está mejor parapetada tras los instrumentos que haciendo aportaciones vocales. O las dos inexplicables versiones de Infinite content, la primera, punk y vulgar, la segunda folk lleno de slide guitar y limítrofe con lo cursi. Hay hallazgos, claro, ciertos tonos dub y reggae afloran tímidamente, pero resulta curioso que en un disco donde abundan los efectos de transición entre canciones la sensación final sea tan dispersa, como si el disco se hubiera finalizado precipitadamente a base de encajar las aportaciones de diferentes orígenes y presentarlas de la manera más unitaria posible, hasta el packaging y la imagen de los vídeos parecen forzarlo, y no.
¿Hay que salir huyendo? Bueno, eso sería exagerado. El grupo muestra la suficiente inquietud como para, a pesar de su éxito global, evitar caer en pestilentes síndromes mesiánicos a la manera de U2 o Coldplay. El disco tiene aciertos aislados a pesar (esos estribillos monótonos) de no aportar más que un par de canciones a la inapelable lista de clásicos de la banda. Quizás un año más hubiera permitido disponer de más material donde elegir, pues los descartes (Chemistry, horrorosa) son obvios.
En fin, 4 sobre 5 discos de Arcade Fire son excelentes.
No muchas bandas pueden decirlo.

domingo, 30 de julio de 2017

ITOIZ: Espaloian

Año de publicación: 1985
Valoración: Muy recomendable

Euskal Herria, finales de los 70 y primeros 80. Mucho hablar de la movida madrileña (probablemente sobrevalorada) y demás, pero el panorama musical por aquí está de lo más entretenido. Dominan el punk y el mal llamado (o al menos a mi no me gusta nada esa denominación) “rock radical vasco” y los cantautores de siempre también gozan del favor del público, pero hay una serie de grupos, como Errobi, Izukaitz o ITOIZ (así, con mayúsculas) que comienzan a aunar el rock sinfónico, tan de moda a finales de los 70, con el folk. 

El grupo, liderado por Juan Carlos Pérez, publicó entre 1978 y 1987 seis discos de estudio  que evolucionaron desde el rock sinfónico y progresivo (álbum conceptual incluido) hasta el pop-rock más convencional. Esta evolución obedeció, en parte, a los sucesivos cambios de formación que hubo en la banda.

El caso es que nos plantamos en 1985, año en el que ITOIZ publica este “Espaloian”, su quinto álbum. Es este un disco en el que la banda abandona casi definitivamente el rock progresivo con toques de folk tradicional de sus primeros discos y abraza el pop-rock, lo que le convierte en un disco más accesible y en un verdadero éxito de crítica y público.

Pese a tratarse de un disco más comercial que los anteriores, es un disco de una calidad indudable. Por un lado, las letras de las canciones de ITOIZ continúan siendo sumamente inteligentes, con una muy interesante mezcla de intimismo y surrealismo (ojo que algunas letras de este disco están escritas por el mismísimo Bernardo Atxaga). Por otro, aunque aún perviven reminiscencias del pasado “progresivo” del grupo, se trata de su disco más pop, más melódico, con una combinación de electricidad, teclados y saxos que dejan para la posteridad canciones como “Hegal egiten”, “Taxi horiak” o la más calmada “Espaloian”.

Es también uno de sus discos más variados, con temas "bailables" ("Egun motela", "Berandu da" o "Abar irratia"), algún medio tiempo (el ya citado "Espaloian") o un reggae muy sui generis ("Tximeleta reggae"). 

Por cierto, practicamente cualquiera de las canciones de este disco le da mil vueltas al archiconocido y archiversionado “Lau teilatu” (joder, creo que lo han versionado Álex Ubago o La oreja de Van Gogh. Agggggggggghhhhhhhhh). Pero ese es otro tema y “Lau Teilatu” está en otro disco del que hablaremos otro día, si se tercia.

En resumen, “Espaloian” se trata de un gran disco de uno de los grandes grupos del rock euskaldun y de una muy buena opción para acercarse a la música de ITOIZ.

domingo, 23 de julio de 2017

U2: The Joshua Tree

Año de publicación: 1987
Valoración: muy recomendable

Andaba yo en mis épocas de descubrimiento del mundo musical (sigo en ello, muchos años después porque esto nunca acaba, y que dure); esas épocas en las que despuntaba George Michael con «Faith» (¡cómo echo de menos su voz!), Bruce Springsteen (uno de mis favoritos) con «Tunnel of love», Michael Jackson con «Bad» (¡qué decir de él, un genio...!); eran tiempos de grandes estrellas solistas, pero también de grandes grupos. Ese mismo año, en 1987, entre tal elenco estelar, también U2 se lanza a alcanzar el estrellato, y saca «The Joshua Tree». El disco irrumpe con fuerza, con tres canciones iniciales a cuál mejor, convertidas en hits desde el primer momento. Eran los inicios de 1987, y el disco marcaría un punto de inflexión en su carrera.

Siguiendo la evolución de sus últimos discos, con «The Joshua Tree» U2 deja ligeramente de lado el sonido metálico y con influencias post-punk que había en «War» y perfeccionan el sonido y la calidez, como ya habían empezado a hacer en «The Unforgettable Fire».  De esta manera, aunque mantienen la continuidad estilística desde que empezaron, consiguen un sonido más uniforme, más redondo y, probablemente, más abierto a todo tipo de público. Fuese buscado el efecto o no, el disco obtuvo rápidamente sus frutos y se convirtió en el primer álbum del grupo en alcanzar el número 1 en Estados Unidos. Es lógico el resultado conseguido, ya que, aparte de «Where the streets have no name», «I still haven't found what I'm looking for» y «With or without you», el álbum tiene otras joyas que el éxito de las tres anteriores eclipsa parcialmente: «Running to stand still», gran canción donde se trata el tema de la pobreza y la droga, y «Bullet in The Blue Sky», donde se denuncia la actitud de las grandes potencias promoviendo guerras en países del tercer mundo. El espíritu reivindicativo de U2 viene de lejos.

Sin duda, un gran álbum de U2. Luego, una vez alcanzado el éxito mundial, vendrían otros álbumes donde, en lugar de encasillarse en un estilo ya seguro, arriesgaron con otros estilos en discos como «Zooropa» o «Achtung Baby». Siguen probando, siguen buscando, siguen intentando reinventarse, pero mientras lo hagan con el nivel al que nos tienen acostumbrados, pueden seguir probando y arriesgando cuanto deseen.

Hablamos por tanto de un gran disco, que cumple justamente treinta años. Y precisamente para celebrar el trigésimo cumpleaños de su publicación, U2 ha decidido realizar una gira mundial dedicado a él, donde lo reproducen de principio a fin. Y sí, tuve la suerte de poder asistir al concierto en Barcelona, después de algunas colas (virtuales) para conseguir entrada, y otras humanas para acceder. Pero ahí estuve, y aquí va mi crónica.

Estadi Olímpic Lluís Companys (Barcelona). 26 grados a la hora del concierto, una humedad elevada (como suele ocurrir en Barcelona), y 55.000 almas esperando la aparición del grupo. Escenario sobrio, pantalla completamente negra (a excepción de mensajes reivindicativos, que aparecían a modo de columna en un lateral). El único aspecto que nos daba pistas de que se trataba de U2 y no de otro grupo, era la silueta del árbol que da nombre al disco, en un lugar cercano al centro de la pantalla y sobresaliendo por encima. Nada más. Y con esta sobriedad escénica, salen los cuatro integrantes del grupo: Bono, The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen Jr., los mismos miembros que formaron el grupo y que han seguido juntos en esta aventura desde el primer día.

U2 se presenta al escenario con pocos alardes; suena potente la batería de Larry Mullen Jr. en los primeros compases de «Sunday Bloody Sunday». Seguirán «New Year's Day», «Bad» y «Pride». El grupo funciona a la perfección, tocando casi en la intimidad, sin ostentaciones escénicas; únicamente los focos que acompañan al cuarteto. Bono saluda al público y destaca la belleza de la ciudad y el clima. Mientras, la pantalla sigue completamente negra. Las únicas pantallas encendidas que uno ve son las de los móviles de los asistentes, que luchan con los brazos extendidos por filmar (ya no fotografiar, ¡sino filmar!) las primeras notas del grupo; me podría explayar sobre donde va la sociedad al preferir grabar algo para verlo después, cuando lo puedes estar viendo y disfrutando en vivo, pero eso sería otro debate. Sigamos.

Bono situado en un lado del escenario durante las primeras canciones, ritmo calmado, casi no parecen U2 (aún recuerdo el espectáculo visual, magnífico, de su «360º Tour»). Finalmente, el grupo se reagrupa, se sitúa al lado de Larry Mullen Jr. y suenan las primeras notas de «Where the streets have no name». En ese momento, U2 va con todo: se enciende por primera vez la pantalla, 61x14metros de sus 8k de alta resolución, y nos muestra la belleza del desierto de The Death Valley y Zabriskie Point. El grupo se sitúa en torno al batería, y como si de una travesía se tratara, la escenografía simula que emprendemos un viaje en coche con ellos, con la música a todo volumen y el escenario «avanzando» por la carretera en el desierto que nos lleva a «The Joshua Tree». El público, eufórico, cantando y bailando. Y de igual manera con que el mundo se abría a nuestros ojos mientras recorríamos el valle, U2 nos abría los puntos más recónditos de nuestra memoria para recordarnos sensaciones que hace años ya nos despertaron con la publicación del disco. A partir de ahí, las canciones de «The Joshua Tree» siguen a los hits iniciales hasta llegar a los momentos de denuncia habituales de la mano del Bono activista. Un vídeo ridiculizando a Trump se proyecta en la pantalla, hablando sobre el muro que quiere construir en la frontera mexicana, y con el soporte de los efectos visuales aparece un Bono histriónico, espectral, fantasmagórico, dedicando a Trump la canción «Exit» (canción que escribió intentando hacerlo desde la mente de un asesino). Sigue el concierto, completando en esa parte central el playlist entero de «The Joshua Tree», con la máquina musical perfectamente engrasada; los años que hace que tocan juntos los convierten en prácticamente un único instrumento con diferentes sonoridades.  

Se añade algún momento nostálgico como cuando aprovechan una pausa entre canciones encadenadas para recordar la figura de David Bowie, gran amigo suyo, a la vez que comentan que han aprovechado el concierto de Barcelona para ir a ver «David Bowie Is», muestra itinerante con más de trescientos objetos relacionados con el genio musical, que actualmente se expone, hasta finales de septiembre de este año, en el Museu del Disseny de Barcelona. El recuerdo a Bowie aparecería un par de veces más, con algunas notas de «Heroes» y «Rebel Rebel».

Ya en el tramo final del concierto, aparece en pantalla un vídeo con las ruinas de Jordania, causadas por la masacre perpetrada tras años de guerra. En medio, una joven de quince años reclamando un futuro para ella y los suyos. Momento muy emotivo, que provoca un alto en el camino, un aterrizaje forzoso que nos devuelve a la realidad, y unas imágenes que enlazan con la canción «Miss Sarajevo», reconvertida en esta ocasión para otro acto de denuncia. La canción finaliza con un agradecimiento repetido a Barcelona, «ciudad de acogida y de integración de culturas». Ahí Bono se gana al público, una vez más. Y siguen las proclamas, con una protesta hacia las desigualdades sociales, reivindicando los derechos de las mujeres; mientras, en la pantalla aparece el mensaje de «History» convirtiéndose en «Herstory» y el texto deja paso a una sucesión de imágenes de mujeres que han conseguido grandes logros, y que luchan por la igualdad de los derechos. Ahí vemos a Marie Curie, Pussy Riot, Grace Jones, Patti Smith, pero también Lena Dunham o Emma Watson. La sucesión de imágenes termina con un aplauso de los asistentes, sincero, emotivo, al que sigue la canción «Ultra Violet (Light my way)».

Todo encaja, todo está perfectamente equilibrado. U2 se retiran brevemente para dar paso a los bises, y el público lo agradece cuando vuelven, cantando a pleno pulmón «Beautiful Day», «Elevation» y especialmente «Vértigo» (puede que la más aplaudida por el público) y, como no, «One», donde Bono aprovecha para pedir que nos unamos en la lucha contra las desigualdades, recordando que conseguir grandes cambios está en nuestras manos, en el poder de las masas y que depende de nosotros. Finalmente, el concierto termina con una canción del que será su nuevo disco que, por lo que pudimos oir, mantiene el alto nivel al que nos tienen acostumbrados.

U2 empezó el concierto sobrio, casi sin querer hacer ruido, dejando el peso en la calidad del propio disco y con un formato sin excesos, como si quisieran viajar en el tiempo y volver treinta años atrás, pero aprovechando la tecnología actual. Y consiguieron su propósito. Después de dos horas de concierto, ellos se retiran mientras el recuerdo de lo vivido permanece en nosotros. Pueden volver cuando quieran, estaremos esperando su vuelta en lo que será, seguro, otro «Beautiful day».

domingo, 16 de julio de 2017

Massive Attack: Protection


Año de publicación: 1994

Valoración: muy recomendable

Necesitamos etiquetas como necesitan, los de los libros, leer sinopsis, como necesitamos, en los supermercados, leer descripciones de los productos que valoramos comprar, informarnos previamente pues los recursos a veces son limitados y no podemos permitirnos equivocarnos.
Massive Attack publicaron su primer disco, Blue Lines, a principios de los 90. Sufrieron un anecdótico percance cuando su nombre, para evitar relaciones con operación Tormenta del Desierto, tuvo que ser despojado de la palabra ataque durante un cierto tiempo. Blue Lines fue considerado la Biblia de un cierto sonido que abarcaba hacia atrás artistas y discos de fama más fugaz como los Chimes, Soul II Soul, Soho o Neneh Cherry. Un sonido caracterizado por su brillantez en la mixtura de las muchas influencias que en aquel momento bullían en el Reino Unido. Casi todas ellas negras: el soul, claro, cierto aroma de free-jazz o hasta de jazz-funk, y claro, Jamaica. Reggae, dub, dancehall. Todo eso que ha permanecido en el poso durante años y que hoy aún aflora en los discos de Kanye West o de Kendrick Lamar, hasta en ciertos aromas del trap.
Protection hizo las veces del difícil segundo disco e hizo también las veces de etiquetar al grupo aunque fuera con efectos retroactivos. Trip-hop. Cómo no nos habíamos dado cuenta. Ya entonces su sonido, tres largos años después de Blue lines, se había hecho ubicuo. Perfecto para todo: para aportar sensualidad, para demostrar ser cool, para relajar, para eso tan socorrido del chill out.
Pero es un disco que pasa a menudo desapercibido, cómo si se tratara de un mero tránsito entre su debut (permitid el sacrilegio: para mí, un disco excesivamente dependiente en su columna sonora del uso de los samples y las bases, muchas veces el auténtico atractivo de los temas) y el siguiente, Mezzanine, agresivo, oscuro, pero ya decididamente un disco de grupo consciente de haber accedido al status de fenómeno de masas.
Y es injusto. Porque el grupo eludió hábilmente la repetición de sonido. Para empezar, incorporando savia nueva a los vocales. Tracey Thorn, celebérrima vocalista de Everything But The Girl, aporta vocales solventes a Protection, la canción, y se cuela en una de las mejores canciones del disco, Better Things, con sus aires dubbies, su bajo circular, y su tono íntimo. Nicolette, procedente de la escena más alternativa, hace lo propio en Three y en otro de los singles del disco, la colosal Sly, con sus aires a medio camino entre Shirley Bassey y Billie Haliday, su minimalismo rítmico y su extraordinario arreglo de cuerdo. No es una ruptura con el pasado. Horace Andy aporta sus vocales en Spying Glass, avasalladora mezcla de dub y house que podría pasar por precedente por lustros de toda la obscena onda tribal, y el mismo Horace compensa su logro aportando vocales a la canción que cierra el disco, una inexplicable versión de Light my fire que, además de ser un elemento discordante en el disco, deja bastante que desear en cuanto a resultado sonoro.
Hay espacio para dos instrumentales, uno de ellos, Weather storm, pura definición sonora de la elegancia, y para alguna revisión, Karmacoma,del sonido de su debut.
Cabe pensar si a este disco le falta un single con el punch de Unfinished sympathy, si este pueda ser el motivo de su relativo anonimato. Para completar la jugada en onda jamaicana, Mad Professor se encargó de publicar un disco de remezclas en clave dub.

domingo, 9 de julio de 2017

Japan: Gentlemen take Polaroids

Año de publicación: 1980
Valoración: muy recomendable

A mediados de los 70 Japan era una banda con severos problemas de identidad. En lo estético, parecían una horda de travestidos politoxicómanos de poco fiar. En lo sonoro, destilaban una agresividad a tono con su imagen, pero decididamente poco brillante. No es que escondieran nada: la mayoría de los miembros del grupo había remodelado su nombre para hacerlo reminiscente de algún miembro de los New York Dolls, y ese compás marcaba el ritmo de un grupo que había adoptado por la provocación, una provocación que hoy nos parecería ingenua o a la altura de personajes rayanos en lo circense como eso en que se ha convertido Mario Vaquerizo. Llamar a un disco Adolescent sex, curioso, hoy nos parecería casi escandaloso.

Supongo que en algún momento y a la vista de su escasa trascendencia comercial tomaron la determinación de reenfocar su carrera. Y en algún momento decidieron que su imagen se hiciera más ambigua y se sofisticase. Quizás mantuvieron sus maquillajes y sus tintes, pero abandonaron la chaqueta de cuero y empezaron a usar trajes. Quizás se inspiraran en otras referencias más sutiles, quizás sus referencias mutaron o se renovaron. Lo cierto es que con Quiet life demostraron haber oído ("here we are stranded") a Roxy Music. La voz de David Sylvian, cantante e imagen visible del grupo, se contuvo y empezó a incorporar una tonalidad elegante y decadente, parecida a la de Bryan Ferry. Lo cual no significa que se tratara de un grupo imitando a otro. Solo que en medio de las turbulencias de la época el grupo supo sostenerse y configurar un sonido que fue propio, aunque los grandes popes del glam-rock, Bowie y Roxy Music fueran influencia obvia, Japan se las apañaron para publicar tres discos magníficos de los que este fue el segundo.

Con la poderosa estética de la portada no es de extrañar que su imagen y su sonido inspiraran, por ejemplo, grupos emergentes como Duran Duran, ni que la prensa del momento los encuadrara en uno u otro extremo de los movimientos emergentes. Se les vinculó con el new-romanticism, se les relacionó (porque usaban sintetizadores y habían firmado con la ubicua Virgin, hogar de Magazine, de Human League, de Simple Minds) con el tecno-pop. Llegaron a colaborar con Giorgio Moroder. Pero Japan era una banda que solo quiso sobrevivir entre esa tormenta.

Gentlemen take Polaroids no solo dispone de un título emblemático. Es un disco de temas largos y con potentes desarrollos instrumentales. Hay ritmos secuenciados, hay saxo, hay solos de guitarra, es un disco concebido como una unidad y en la que la corta evolución futura (solamente grabaron un disco más de estudio, Tin Drum, completamente inmerso en influencia oriental) de la banda ya parece atisbarse. No en vano Ryuichi Sakamoto participa en, Taking islands in Africa, la última canción. Pero, sobre todo, es un disco de una banda que ha encontrado su sonido y prescinde de si este es o no comercial. La tensión se palpa pero esa tensión beneficia. Algún músico debía preguntarse cómo recorre una banda el camino que va de Rhodesia, agresivo reggae de uno de sus primeros discos, al espectacular homenaje a Satie que está detrás de Nightporter, esencia de la fragilidad que hoy puede parecernos algo inflamada, pero que en su momento encandiló de tal manera que forzó su aparición como single. Simplemente se trataba de otra época, una inconcebible hoy en día, en que la música experimental no se encontraba segregada, en que no había compartimentos estanco donde etiquetar una música excluyendo a las demás. Escúchese Swing. Para nada carne de hit, con su extraña intro, el bajo burbujeante del desaparecido Mick Karn, el saxo, cómo se desvanece en el final de la canción. Por un momento esos tipejos de caras maquilladas y aspectos amanerados (una pantomima: parece ser que los líos de novias fueron causantes de poderosas discrepancias en el seno de la banda) estuvieron en una primera línea que hoy nos parecería de lo más extraño. Publicado Tin drum, portada con Mao y entrega total a la experimentación, la banda se esfumaría para protagonizar una extraña resurrección pasados unos años (bajo el nombre de Rain Tree Crow) y David Sylvian acometería una prolongada carrera entregada a la música experimental donde se las ha apañado para evitar una y otra vez la nauseabunda etiqueta new age.

domingo, 2 de julio de 2017

Frank Ocean: channel ORANGE

Año de publicación: 2012
Valoración: imprescindible

Seis meses después y primera vez que un mismo autor cuela dos discos aquí. Anda, quejaos a coro blandiendo nombres de grupos a los que aún no hemos prestado atención, relacionadlos de manera intimidatoria y coread a los cuatro vientos qué clase de blog pretencioso puede olvidarse de los Beatles o los Stones o U2 y otorgar protagonismo desmedido a una estrella que solamente cuenta con dos discos y con el aplauso crítico.
Pues una explicación sería que somos muy de apostar a riesgo y que Frank Ocean ha cambiado más la música con sus dos discos de lo que pueden cambiarla alguna de esas estrellas en los turbulentos tiempos que nos ha tocado vivir. O no es rompedor que en un mundo tan cerrilmente machirulo como el de rap surja una estrella proclamando bisexualidad y dejando en una incómoda ambigüedad los objetos de deseo de las canciones, ergo demostrando algo más de sensibilidad en el tratamiento del sonido eludiendo ciertos detalles agresivos que a veces repelen a cierto público y, acabo, mostrándose, como si el resto fuera poco, particularmente inspirado a la hora de homenajear unos cuantos (Wonder, Gaye) de esos iconos de lo secularmente denominado "música negra".
Porque, claro, el que Frank Ocean fuera proclamado como lo más por su condición rayana con el oxímoron de rapero gay seguro que ayudó a que muchos le prestaran atención. Pero de poco hubiera servido si su disco fuera una porquería. Y channel ORANGE puede ser llamado cualquier cosa menos mal disco. Incluso con el excusable y equívoco desliz de que la primera canción notable, Thinkin' bout you, sea una relativa concesión comercial, todo lo que sigue es hacia arriba y hablamos de uno de los discos más completos de música de color de los últimos 20 o 25 años y eso significa situar a Ocean, como mínimo, a la altura de dos omnipresentes referencias más escoradas al hip-hop como Kanye West y Kendrick Lamar (estrellones con los que, por cierto, ha colaborado). E intento soslayar el hecho de que cuando escribo esto ya sé que Ocean ha ajustado aún más su alcance del objetivo con el delicado y ejemplar Blond.

En channel ORANGE encontramos la consolidación de una actitud ecléctica ejemplar. Ocean había publicado Nostalgia, ultra, amenísima mixtape donde perpetraba algo parecido a un crimen de lesa humanidad para el oyente medio blanco estadounidense. Como capturar la base instrumental íntegra de la icónica Hotel California y rellenarla de mensaje social reivindicativo para, glups lo que digo, entregar una American Wedding  que mostraba maneras y personalidad. Pero el material ajeno queda relegado en channel ORANGE y lo que lo sustituye es una demostración de elegancia, una combinación de calidad y accesibilidad que revela no solo la confianza de Ocean en su proyección sino la convicción de su propio material. Sierra Leone, formidable conato de spoken-word que decanta hacia los suntuosos arreglos de cuerda de los mejores discos de Marvin Gaye, seguida subiendo la apuesta de la estratosférica Sweet Life (qué hubiera grabado Stevie Wonder si nadie le hubiera sumergido en el azúcar del cine romántico) o de la extraordinaria y poderosa Super Rich Kids, una más de las cúspides del disco, Earl Sweatshirt endureciendo y aportando flow, y un más que digno guiño a Beyoncé. Tres canciones perfectas, fantásticas, inspiradas, que suenan con unos detalles de producción que revelan lo muy conocedor del negocio que era el tipo, pero que, lejos de ser acompañadas de material de relleno lo son de más joyas: Crack Rock, curso acelerado de acid-jazz que ya firmarían los Incognito para volver a la fama, Pyramids, mastodóntico single de once minutos acompañado de video a la altura, cambios de ritmo, ahora me tranquilizo y ahora parece que me escoro hacia el trance de estadio, o si no, digan que soy el Paranoid Android del eclecticismo multirracial y multiestilo y multitodo. Y me dejo Bad religion, con su solemnidad casi eclesiástica y la colaboración con Andre 3000 para Pink Matter.
Solo saber que Ocean se las apañaría para ser más original, más sutil, más personal y más experimental en Blond impide proclamar channel ORANGE como un hito insuperable en la socorrida etiqueta r'n'b que permite abarcar desde Sampha hasta The Weeknd. Uno no elige a un artista cualquiera para repetir por primera vez mención en un blog tan influyente como éste. Frank Ocean puede perfectamente pegarse el trastazo en dos o tres discos siguientes. Ya sabemos que no le pasará como a Terence Trent D'Arby y ya sabemos, porque su prestigio no hace más que crecer, que los condicionantes comerciales no le afectan lo más mínimo. El futuro irremisible de Ocean es ser uno de los músicos más influyentes de nuestros tiempos. Quien no quiera verlo, allá él.