domingo, 16 de julio de 2017

Massive Attack: Protection


Año de publicación: 1994

Valoración: muy recomendable

Necesitamos etiquetas como necesitan, los de los libros, leer sinopsis, como necesitamos, en los supermercados, leer descripciones de los productos que valoramos comprar, informarnos previamente pues los recursos a veces son limitados y no podemos permitirnos equivocarnos.
Massive Attack publicaron su primer disco, Blue Lines, a principios de los 90. Sufrieron un anecdótico percance cuando su nombre, para evitar relaciones con operación Tormenta del Desierto, tuvo que ser despojado de la palabra ataque durante un cierto tiempo. Blue Lines fue considerado la Biblia de un cierto sonido que abarcaba hacia atrás artistas y discos de fama más fugaz como los Chimes, Soul II Soul, Soho o Neneh Cherry. Un sonido caracterizado por su brillantez en la mixtura de las muchas influencias que en aquel momento bullían en el Reino Unido. Casi todas ellas negras: el soul, claro, cierto aroma de free-jazz o hasta de jazz-funk, y claro, Jamaica. Reggae, dub, dancehall. Todo eso que ha permanecido en el poso durante años y que hoy aún aflora en los discos de Kanye West o de Kendrick Lamar, hasta en ciertos aromas del trap.
Protection hizo las veces del difícil segundo disco e hizo también las veces de etiquetar al grupo aunque fuera con efectos retroactivos. Trip-hop. Cómo no nos habíamos dado cuenta. Ya entonces su sonido, tres largos años después de Blue lines, se había hecho ubicuo. Perfecto para todo: para aportar sensualidad, para demostrar ser cool, para relajar, para eso tan socorrido del chill out.
Pero es un disco que pasa a menudo desapercibido, cómo si se tratara de un mero tránsito entre su debut (permitid el sacrilegio: para mí, un disco excesivamente dependiente en su columna sonora del uso de los samples y las bases, muchas veces el auténtico atractivo de los temas) y el siguiente, Mezzanine, agresivo, oscuro, pero ya decididamente un disco de grupo consciente de haber accedido al status de fenómeno de masas.
Y es injusto. Porque el grupo eludió hábilmente la repetición de sonido. Para empezar, incorporando savia nueva a los vocales. Tracey Thorn, celebérrima vocalista de Everything But The Girl, aporta vocales solventes a Protection, la canción, y se cuela en una de las mejores canciones del disco, Better Things, con sus aires dubbies, su bajo circular, y su tono íntimo. Nicolette, procedente de la escena más alternativa, hace lo propio en Three y en otro de los singles del disco, la colosal Sly, con sus aires a medio camino entre Shirley Bassey y Billie Haliday, su minimalismo rítmico y su extraordinario arreglo de cuerdo. No es una ruptura con el pasado. Horace Andy aporta sus vocales en Spying Glass, avasalladora mezcla de dub y house que podría pasar por precedente por lustros de toda la obscena onda tribal, y el mismo Horace compensa su logro aportando vocales a la canción que cierra el disco, una inexplicable versión de Light my fire que, además de ser un elemento discordante en el disco, deja bastante que desear en cuanto a resultado sonoro.
Hay espacio para dos instrumentales, uno de ellos, Weather storm, pura definición sonora de la elegancia, y para alguna revisión, Karmacoma,del sonido de su debut.
Cabe pensar si a este disco le falta un single con el punch de Unfinished sympathy, si este pueda ser el motivo de su relativo anonimato. Para completar la jugada en onda jamaicana, Mad Professor se encargó de publicar un disco de remezclas en clave dub.

domingo, 9 de julio de 2017

Japan: Gentlemen take Polaroids

Año de publicación: 1980
Valoración: muy recomendable

A mediados de los 70 Japan era una banda con severos problemas de identidad. En lo estético, parecían una horda de travestidos politoxicómanos de poco fiar. En lo sonoro, destilaban una agresividad a tono con su imagen, pero decididamente poco brillante. No es que escondieran nada: la mayoría de los miembros del grupo había remodelado su nombre para hacerlo reminiscente de algún miembro de los New York Dolls, y ese compás marcaba el ritmo de un grupo que había adoptado por la provocación, una provocación que hoy nos parecería ingenua o a la altura de personajes rayanos en lo circense como eso en que se ha convertido Mario Vaquerizo. Llamar a un disco Adolescent sex, curioso, hoy nos parecería casi escandaloso.

Supongo que en algún momento y a la vista de su escasa trascendencia comercial tomaron la determinación de reenfocar su carrera. Y en algún momento decidieron que su imagen se hiciera más ambigua y se sofisticase. Quizás mantuvieron sus maquillajes y sus tintes, pero abandonaron la chaqueta de cuero y empezaron a usar trajes. Quizás se inspiraran en otras referencias más sutiles, quizás sus referencias mutaron o se renovaron. Lo cierto es que con Quiet life demostraron haber oído ("here we are stranded") a Roxy Music. La voz de David Sylvian, cantante e imagen visible del grupo, se contuvo y empezó a incorporar una tonalidad elegante y decadente, parecida a la de Bryan Ferry. Lo cual no significa que se tratara de un grupo imitando a otro. Solo que en medio de las turbulencias de la época el grupo supo sostenerse y configurar un sonido que fue propio, aunque los grandes popes del glam-rock, Bowie y Roxy Music fueran influencia obvia, Japan se las apañaron para publicar tres discos magníficos de los que este fue el segundo.

Con la poderosa estética de la portada no es de extrañar que su imagen y su sonido inspiraran, por ejemplo, grupos emergentes como Duran Duran, ni que la prensa del momento los encuadrara en uno u otro extremo de los movimientos emergentes. Se les vinculó con el new-romanticism, se les relacionó (porque usaban sintetizadores y habían firmado con la ubicua Virgin, hogar de Magazine, de Human League, de Simple Minds) con el tecno-pop. Llegaron a colaborar con Giorgio Moroder. Pero Japan era una banda que solo quiso sobrevivir entre esa tormenta.

Gentlemen take Polaroids no solo dispone de un título emblemático. Es un disco de temas largos y con potentes desarrollos instrumentales. Hay ritmos secuenciados, hay saxo, hay solos de guitarra, es un disco concebido como una unidad y en la que la corta evolución futura (solamente grabaron un disco más de estudio, Tin Drum, completamente inmerso en influencia oriental) de la banda ya parece atisbarse. No en vano Ryuichi Sakamoto participa en, Taking islands in Africa, la última canción. Pero, sobre todo, es un disco de una banda que ha encontrado su sonido y prescinde de si este es o no comercial. La tensión se palpa pero esa tensión beneficia. Algún músico debía preguntarse cómo recorre una banda el camino que va de Rhodesia, agresivo reggae de uno de sus primeros discos, al espectacular homenaje a Satie que está detrás de Nightporter, esencia de la fragilidad que hoy puede parecernos algo inflamada, pero que en su momento encandiló de tal manera que forzó su aparición como single. Simplemente se trataba de otra época, una inconcebible hoy en día, en que la música experimental no se encontraba segregada, en que no había compartimentos estanco donde etiquetar una música excluyendo a las demás. Escúchese Swing. Para nada carne de hit, con su extraña intro, el bajo burbujeante del desaparecido Mick Karn, el saxo, cómo se desvanece en el final de la canción. Por un momento esos tipejos de caras maquilladas y aspectos amanerados (una pantomima: parece ser que los líos de novias fueron causantes de poderosas discrepancias en el seno de la banda) estuvieron en una primera línea que hoy nos parecería de lo más extraño. Publicado Tin drum, portada con Mao y entrega total a la experimentación, la banda se esfumaría para protagonizar una extraña resurrección pasados unos años (bajo el nombre de Rain Tree Crow) y David Sylvian acometería una prolongada carrera entregada a la música experimental donde se las ha apañado para evitar una y otra vez la nauseabunda etiqueta new age.

domingo, 2 de julio de 2017

Frank Ocean: channel ORANGE

Año de publicación: 2012
Valoración: imprescindible

Seis meses después y primera vez que un mismo autor cuela dos discos aquí. Anda, quejaos a coro blandiendo nombres de grupos a los que aún no hemos prestado atención, relacionadlos de manera intimidatoria y coread a los cuatro vientos qué clase de blog pretencioso puede olvidarse de los Beatles o los Stones o U2 y otorgar protagonismo desmedido a una estrella que solamente cuenta con dos discos y con el aplauso crítico.
Pues una explicación sería que somos muy de apostar a riesgo y que Frank Ocean ha cambiado más la música con sus dos discos de lo que pueden cambiarla alguna de esas estrellas en los turbulentos tiempos que nos ha tocado vivir. O no es rompedor que en un mundo tan cerrilmente machirulo como el de rap surja una estrella proclamando bisexualidad y dejando en una incómoda ambigüedad los objetos de deseo de las canciones, ergo demostrando algo más de sensibilidad en el tratamiento del sonido eludiendo ciertos detalles agresivos que a veces repelen a cierto público y, acabo, mostrándose, como si el resto fuera poco, particularmente inspirado a la hora de homenajear unos cuantos (Wonder, Gaye) de esos iconos de lo secularmente denominado "música negra".
Porque, claro, el que Frank Ocean fuera proclamado como lo más por su condición rayana con el oxímoron de rapero gay seguro que ayudó a que muchos le prestaran atención. Pero de poco hubiera servido si su disco fuera una porquería. Y channel ORANGE puede ser llamado cualquier cosa menos mal disco. Incluso con el excusable y equívoco desliz de que la primera canción notable, Thinkin' bout you, sea una relativa concesión comercial, todo lo que sigue es hacia arriba y hablamos de uno de los discos más completos de música de color de los últimos 20 o 25 años y eso significa situar a Ocean, como mínimo, a la altura de dos omnipresentes referencias más escoradas al hip-hop como Kanye West y Kendrick Lamar (estrellones con los que, por cierto, ha colaborado). E intento soslayar el hecho de que cuando escribo esto ya sé que Ocean ha ajustado aún más su alcance del objetivo con el delicado y ejemplar Blond.

En channel ORANGE encontramos la consolidación de una actitud ecléctica ejemplar. Ocean había publicado Nostalgia, ultra, amenísima mixtape donde perpetraba algo parecido a un crimen de lesa humanidad para el oyente medio blanco estadounidense. Como capturar la base instrumental íntegra de la icónica Hotel California y rellenarla de mensaje social reivindicativo para, glups lo que digo, entregar una American Wedding  que mostraba maneras y personalidad. Pero el material ajeno queda relegado en channel ORANGE y lo que lo sustituye es una demostración de elegancia, una combinación de calidad y accesibilidad que revela no solo la confianza de Ocean en su proyección sino la convicción de su propio material. Sierra Leone, formidable conato de spoken-word que decanta hacia los suntuosos arreglos de cuerda de los mejores discos de Marvin Gaye, seguida subiendo la apuesta de la estratosférica Sweet Life (qué hubiera grabado Stevie Wonder si nadie le hubiera sumergido en el azúcar del cine romántico) o de la extraordinaria y poderosa Super Rich Kids, una más de las cúspides del disco, Earl Sweatshirt endureciendo y aportando flow, y un más que digno guiño a Beyoncé. Tres canciones perfectas, fantásticas, inspiradas, que suenan con unos detalles de producción que revelan lo muy conocedor del negocio que era el tipo, pero que, lejos de ser acompañadas de material de relleno lo son de más joyas: Crack Rock, curso acelerado de acid-jazz que ya firmarían los Incognito para volver a la fama, Pyramids, mastodóntico single de once minutos acompañado de video a la altura, cambios de ritmo, ahora me tranquilizo y ahora parece que me escoro hacia el trance de estadio, o si no, digan que soy el Paranoid Android del eclecticismo multirracial y multiestilo y multitodo. Y me dejo Bad religion, con su solemnidad casi eclesiástica y la colaboración con Andre 3000 para Pink Matter.
Solo saber que Ocean se las apañaría para ser más original, más sutil, más personal y más experimental en Blond impide proclamar channel ORANGE como un hito insuperable en la socorrida etiqueta r'n'b que permite abarcar desde Sampha hasta The Weeknd. Uno no elige a un artista cualquiera para repetir por primera vez mención en un blog tan influyente como éste. Frank Ocean puede perfectamente pegarse el trastazo en dos o tres discos siguientes. Ya sabemos que no le pasará como a Terence Trent D'Arby y ya sabemos, porque su prestigio no hace más que crecer, que los condicionantes comerciales no le afectan lo más mínimo. El futuro irremisible de Ocean es ser uno de los músicos más influyentes de nuestros tiempos. Quien no quiera verlo, allá él.